Pr. José Luis Cinalli
Adoración en medio del fuego
“Todos los días de mi vida esperaré, hasta que llegue mi liberación”, Job 14:14 (RV95).
Es fácil cantar “Dios es bueno” cuando el sol brilla y la mesa está llena. Sin embargo, existe una fe de cristal: hermosa bajo la luz pero que se hace pedazos al primer golpe. No fuimos llamados a lucir una fe de vitrina, diseñada para la admiración, sino a una fe de alta mar, forjada para resistir la tempestad. Los discípulos confiaban en Jesús mientras el mar estaba en paz, pero la tormenta demostró que su fe era débil. La firmeza del ancla no se prueba en la tranquilidad del puerto, sino cuando el viento intenta arrastrar el barco.La verdadera fortaleza no es vivir sin problemas, sino no rendirse ante el dolor, tal como hizo Job cuando lo perdió todo. La fe de Job no se rompió porque había sido forjada en el crisol del dolor.
La fe no es un camino recto; es un proceso de maduración Es el viaje sagrado donde la vista se rinde ante la confianza, y dejamos de mirar lo que nos rodea para descansar en quien es Dios. Estas son las tres estaciones de este recorrido:
- La fe que necesita ver: el nivel de las ‘muletas espirituales’. Es la etapa inicial donde la confianza está sujeta a los sentidos:si todo va bien, confiamos; si hay problemas, dudamos. Es una fe que depende de resultados inmediatos y señales visibles para sostenerse. Los israelitas en el desierto son el ejemplo clásico: celebraban con el maná, pero murmuraban ante la primera señal de sed. Jesús confrontó esta clase de fe diciendo: _ “Ustedes solo creen en Dios si ven señales y milagros”,_ Juan 4:48 (TLA). El ejemplo máximo es Tomás, quién necesitó tocar las heridas de Jesús para creer en su resurrección, Juan 20:24-29. El riesgo es evidente: cuando el milagro se demora o el silencio de Dios se prolonga, la fe se desploma por falta de raíces. Aunque Jesús no condenó a Tomás, dejó una promesa para nosotros: existe una bendición superior para quienes deciden creer sin ver, marcando el camino que va de la sensación a la revelación.
- La fe que sabe oír: el nivel de la Palabra revelada. Aquí la fe madura y deja de enfocarse en los problemas y empieza a enfocarse en la Biblia. Ya no te guías por lo que ven tus ojos (el caos o las dificultades) sino por lo que Dios te ha dicho. Mientras los sentidos describen las crisis, el oído espiritual se aferra a la Palabra. Es la fe del centurión, que no necesitó ver un milagro, solo creyó a la palabra de Jesús: _“solo di la palabra y mi siervo sanará”, _ Mateo 8:8. Es la fe de Abraham quién confió que tendría un hijo a pesar de su vejez. Es una fe que sabe esperar, entendiendo que lo que Dios dice es mucho más real y poderoso que cualquier diagnóstico o problema actual.
- La fe que logra confiar: el nivel del carácter. Es la fe que sigue creyendo aun cuando no hay milagros y parece que Dios no responde. No se trata de ignorar el sufrimiento, sino de descansar en que Dios es fiel, incluso en el silencio. Es la fe de Habacuc que celebra a Dios aun con los corrales vacíos: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento… y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación”, Habacuc 3:17-18. En este nivel, la fe no exige evidencias ni respuestas inmediatas; se sostiene en el conocimiento íntimo de la naturaleza divina. Se ama a Dios por quién es Él, no por lo que entrega.
Job es el mejor ejemplo de lo que significa confiar de verdad. Cuando perdió todo, demostró que su amor por Dios no era por interés, sino sincero. Aunque estaba sufriendo, dijo algo increíble: _ “Aunque Él me matare, en Él esperaré” _, Job 13:15. Su historia nos enseña tres lecciones claves:
- La fe no es un accesorio. No es algo que vestimos en los días de sol; es el ancla que nos sujeta cuando el mundo parece desmoronarse.
- La fe no huye, encuentra. No se trata de evitar el dolor, sino de reconocer que Dios camina con nosotros en cada paso del camino.
- El propósito supera el entendimiento. En su hora más oscura Jesús no buscó explicaciones, sino que se entregó confiadamente: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”, Lucas 22:42. La fe verdadera deja de exigir explicaciones para transformarse en confianza absoluta. No esperes a que el cielo se aclare para adorar; adora hoy, y verás como la tormenta pierde el poder de perturbar tu paz. ¿Qué es eso que hoy te quita el sueño? Suelta el control y descansa en esta certeza: quizás no comprendas el plan, pero conoces al Autor.
Al igual que nuestra fe, la adoración debe madurar. Dar gracias en la abundancia es natural, pero la adoración genuina se forja en el quebranto; es ese sacrificio de alabanza que brota con fuerza cuando el fuego aprieta y el corazón se rompe. Este es el nivel más alto de adoración y el que más honra a Dios. A menudo creemos que la adoración es la respuesta a la bendición. “Dios me da, yo le alabo”. Fue esta misma lógica la que usó Satanás para cuestionar la integridad de Job: “¿Acaso teme Job a Dios de balde?”, Job 1:9. Sin embargo, la verdadera adoración no es un intercambio de favores, sino un reconocimiento de quién es Dios, independientemente de lo que Él dé, permita o quite. Si al perder tus posesiones se apaga tu canción, tu alegría dependía de las cosas y no de Dios. Pero si en la mala racha puedes decir: “Jehová dio, Jehová quitó, bendito sea su nombre” (Job 1:21), demuestras que tu fe es oro puro. Ahí pruebas que amas al Dador mucho más que a sus regalos.
Hay una diferencia abismal entre seguir a Dios con el viento a favor y hacerlo cuando se te vuela el techo. El planteo de Satanás fue letalmente cínico: “¿Job obedece por amor o por interés?”. La apuesta del diablo era que Job solo era fiel porque tenía la ‘heladera llena’: “Si Job te obedece es por puro interés”, Job 1:9 (TLA). Satanás se equivocó con Job, pero lamentablemente acierta con muchos: mientras el ‘granero está lleno’ sobran los aleluyas; pero cuando se acaba la ‘yerba del mate’, aparecen los reproches. La madurez espiritual no se mide en la bonanza, sino en la lealtad durante el naufragio. Adorar cuando no entendemos el porqué de la crisis es la forma más alta de darle gloria a Dios. Al final, la victoria de Job no fue recuperar sus bienes, sino descubrir que Dios es suficiente, incluso con las manos vacías.
¿Qué pasaría si de pronto nuestra realidad se sacudiera y el cielo decidiera guardar silencio? ¿Seguiríamos siendo fieles? La fe auténtica confía en Dios pase lo que pase. Incluso cuando la respuesta es ‘no’ o un ‘todavía no’, su presencia es lo que realmente importa. Como Job, podemos confiar, aunque no entendamos el porqué de nuestros problemas. Al final, nuestra fidelidad no depende de que las cosas mejoren, sino de saber que Dios sigue siendo bueno, incluso cuando calla.
La fe de Job no era una transacción; era una relación. Su confianza no se anclaba en lo que Dios le daba, sino en quién es Dios. Mientras la fe de conveniencia se quiebra ante la pérdida, la fe genuina sostiene: “Aunque Él me matare, en Él esperaré”, Job 13:15. Job no halló la paz al recuperar su fortuna, sino al silenciar sus argumentos para encontrarse cara a cara con su Redentor. Su mayor tesoro no fue la restitución de sus bienes, sino la revelación de su presencia. El corazón de su restauración fue pasar de oír sobre Dios a contemplarlo de verdad; encontró descanso no en las respuestas, sino en el Rostro del Eterno.
Conclusión. Cuando sufrimos, queremos respuestas, pero Dios no siempre nos da una explicación; siempre nos da su presencia. Su silencio no es ausencia, es el momento en que más cerca está. Al igual que Job, no necesitas entender el ‘porqué’ de la pérdida, sino conocer a quien te sostiene. Deja de perseguir una razón y empieza a buscar su rostro. Si el cielo calla, que tu adoración hable más fuerte. Cierra los ojos, suelta la duda y susurra: “Señor, no entiendo el camino, pero confío en que tú me guías”.





